Candela

Candela amaba las noches oscuras, donde solo pequeñas estrellas moteaban el telón negro para compensar la monotonía, donde la luna no estaba llena ni creciente, donde la vista dejaba de ser un sentido y creía estar ciega. También le apasionaba el contacto de su cuerpo desnudo con la arena, una arena suave, fina, limpia… que se acomodaba a su silueta y dejaba paso a sus curvas y volúmenes. Y ese olor a mar, a agua salada, fresca e insinuante, que invitaba a descalzarse y salpicar todos los poros de su piel. Aquel mar inmenso que se abría al desconocido océano, que traía y llevaba historias de barcos hundidos y sirenas, era el mar de Candela. Su gusto por el aroma a leña quemada, a hoguera de llamas altas que envolvían sueños y deseos, cenizas y fracasos. Disfrutaba derramando flores marchitas, avanzando a paso lento en contra de el viento con la intención de que su larga y espesa melena oscura tomase un nuevo peinado y, de que su piel morena y envejecida rejuveneciese con la caricia intensa de la brisa del mar. Y el silencio, como un regalo, era lo que más ansiaba Candela… calma total, como si el mundo entero se hubiese quedado afónico, como si no tuviese nada interesante que contar o entonar.

No echaba de menos la luz potente del mediodía, sólo anhelaba que las puestas de sol fueran eternas. Por eso, cerraba los ojos con ímpetu al llegar la madrugada, haciendo tropezar torpemente a los primeros rayos que rebotaban en sus párpados sin remedio.

Candela amaba la noche porque era como una anciana que contaba una historia y dejaba volar su imaginación sin límites, sin necesidad de un antifaz o de que sus manos recubriesen la realidad. Candela aborrecía el día porque por culpa de la luz del sol percibía toda la miseria y tristeza que le rodeaba. Tanto era así, que Candela nunca había conocido el mar, no vivía en una larga playa de suave arena y tampoco podía sentir en su cara la brisa. En el lugar donde habitaba no existían ni siquiera flores marchitas.

Aunque cerró los ojos ese día con más fuerza que nunca, los disparos y los bombardeos la descentraron, hicieron que perdiera su concentración una vez más; y lograron que sus incandescentes pupilas negras volviesen a fijarse en la misma escena, que su cabeza retornase al mundo real, donde todo era cemento, sangre y lo único que se asemejaba a su paraíso era el sabor a sal de sus lágrimas.

Correr el riesgo

Con la seguridad de que iba a ser correspondido decidió acercarse a su presa e insistir una y otra vez en sus labios hasta que éstos se rindieran a los suyos. Tras esta impertinencia le siguieron sus manos, que rodearon su cintura y luego su cadera, hasta pasar a otras curvas mas alejadas de aquel tronco tan exacto, como dibujado en el aire con exquisitez, con una simetría jamás vista. Y sus dedos pudieron también despistarse hacia su rostro, de una piel tersa y fría que poco a poco halló el equilibrio térmico que él le ofreció.

No se trataba de decir nada, por mucho que quisieran sus bocas estaban secas y el nudo en la garganta parecía estar hecho por un marín. Y si la vida regalaba ese segundo era porque hasta ella estaba arrepentida del pasado y se había obligado a separarse cerrando el candado orgulloso del terror, del miedo al error, al fracaso sospechado.

Niño de agua y sal

Sentía la calima en su rostro,  el tacto de la tierra y la sequía. Notaba la fluidez de las gotas sudorosas deslizándose por su frente y su cintura, gotas que no tenían tiempo de pisar el suelo, que se evaporaban al igual que sus deseos. Transformaba la arena con su caminar y hundía sus pies, que bailaban según se le antojaba a aquella masa y que ardían desde la punta hasta el talón. Primero un paso rápido y desesperado, luego otro con cansancio y asfixia. La cabeza, cubierta por un turbante de algodón cada vez más acartonado y más parecido al cuero.

Las puntas de una sábana colgaban de sus dedos índice y corazón, como si fuera una maleta, como si de verdad creyese que era un viaje con pasaje de ida y vuelta, como si estuviese seguro de que llegaría a algún puerto. Una manzana, más podrida que sana, una navaja oxidada y de mango áspero y una foto de sus hermanos a los que probablemente no volvería a ver, formaban su equipaje.

De piel color tizón y de pequeña estatura, el niño de sol y calima saltó para meterse en aquel monstruo de madera que parecía hundirse antes de zarpar. El material crujía alternando sonidos agudos y graves, pero siempre provocando la misma sensación de angustia e incertidumbre. Se sintió observado por muchos ojos y por eso pidió a sus párpados que descansasen… Entre gritos, unos tristes y otros esperanzadores, las olas comenzaron a balancearlo a él y a sus compañeros. Poco a poco fueron alejándose de la costa y respirando un aire más limpio de impurezas pero un oxígeno pesado que recargaba los pulmones de preocupación. En apenas las horas que dura un atardecer se vieron desamparados, a la deriva en aquel bote primitivo e inseguro que intentaba cruzar el Atlántico a base de intuición e ignorante de cualquier punto cardinal.

Tras un día de intenso calor, volvía a caer la noche y las piernas, que se entrecruzaban formando una trenza, empezaban a sentir calambres. El niño ya notaba como un aire frío y húmedo se le iba calando en los huesos y como la lengua y la garganta se le secaban. Allí nadie hablaba con nadie, el único sonido era el de las olas, que cada vez era más intenso y que en ocasiones se acompañaba de un rezo, el cual muchos no entendían. El niño comenzaba a discutir con su estómago que ya reclamaba su manzana. Deseaba sacarla y a la vez temía hacerlo; posiblemente fuera el único alimento que existiera en aquel desierto de agua. Entonces, esperó a que todos cayesen dormidos y como pudo enterró la mano hasta el fondo del cayuco. Sacó la fruta, la acarició, la miró a oscuras y eligió el lugar donde dar el primer mordisco. Mientras masticaba, saboreando aquel trozo como si fuera un manjar, el olfato de la mujer que dormía a su lado despertó. Ella no dudó, cogió impulso y se abalanzó sobre él.

El niño no podía ver nada, aquel cuerpo lo había sepultado entre otros de los que no se diferenciaba la vida de la muerte. Como pudo se defendió entre voces que irrumpían en sus oídos de forma feroz y golpes que recibía desde cualquier lugar. Ya, desorientado y sin manzana, esquivó algunos brazos y piernas y pudo incorporarse dándole la impresión de que pisaba una mano muda. Mientras levantaba su abatida mirada, un golpe seco le hizo perder el equilibrio y caer entre afiladas olas contra las que intentó luchar…

El niño se volvió de agua y sal, y también lo hicieron sus sueños arrastrados por la barca, la barca que una noche el mar se bebió. El niño de agua y sal se perdió entre la marea y nadie lo echó de menos. El niño de agua y sal no sabía nadar. El niño de agua y sal que, una noche cualquiera, se ahogó en la mar…

Julio de 2010

La suerte

Veo y  oigo llover, ¿Cómo puede haber personas que odian la lluvia y sus nubes? Entiendo que la magia está ahí, en esas pequeñas cosas que te da la vida. Si no disfrutas de ellas, no tienes nada que hacer, pues las cosas materiales no traspasan el mundo de las ideas. Y del mundo perceptible al inimaginable no hay sino un estrecho límite llamado “suerte”.

Las gotas caen con rabia contra el techo, quién diría que es agua lo que suena tan briosamente… Con la fluidez que tiene y se desenvuelve en el mar o en un río. Es posible que en cada gota vaya un sentimiento, como en cada lágrima. Es posible que las nubes también perciban, desde ahí arriba, lo triste que es este mundo y por eso llueva con tanta intensidad.

Hilos que rompe la desconfianza o la mentira, lazos que une la ignorancia y la curiosidad, barcos que hunde la tragedia y el desamparo, muñecos preocupados por el que dirán… Unos tienen el poder de elegir, otros, sin más, nacieron con un destino invisible a sus ojos; unos comen pan podrido y se quejan, otros comieron pan y se atragantaron: jamás pudieron quejarse. Unos se comparan con los otros, otros no saben lo que es comparar; unos beben poca agua, otros cuando llueve, se dejan mojar. Unos exigen derechos, independencia… otros prefieren dejarse gobernar.

Es el medio entre dos mundos separados por la rudeza y la inquietud de saber uno del otro. Para todos, el mundo de unos y el mundo de otros es sólo una idea. Les separa un muro construido por desigualdades e injusticias que los “unos” construyeron y los “otros” soportaron bajo sus lomos.

El banco de las citas a ciegas

Hoy se habían citado en el parque sus arrugas y sus bastones. Después de tantísimo tiempo, se volverían a encontrar sus voces quebradas por el paso de los años, llenas de cansancio y, a la vez, rebosantes de ansiedad por contarlo todo, de volver a pasear por todas esas fotografías que olían a guardado, a humedad.

En aquel banco de madera recién barnizada y rodeado de arbustos silvestres y aromáticos surgió un encuentro jamás deseado, pues nunca había sido intencional. Marisa, sin querer, se miró en sus iris color azul mar, unos ojos húmedos como si acabase de llover sobre ellos y de una silueta rasgada, quizá por el tiempo o puede que por herencia. Fuera como fuese, parecían espejos. No estaba segura y echó un vistazo rápido a sus manos: se notaba que habían sido trabajadoras, aún así tenían buena presencia. Sin adornos, eso sí, con un libro meciéndose en ellas. Tenía que ser él. -Cualquiera no lee Machado un lunes por la tarde colmado de nubes grises…- pensó con romanticismo. Echó otra visual disimulada para terminar de comprobar que era quien quería que fuese: casi sin pelo y con un abrigo que cubría gran parte de su cuerpo, olvidándose de sus dedos, descansaba un “joven anciano” enamorado de los versos de un poeta. Al otro lado del banco, el señor también miraba de reojo con interrupciones cortas y hechas al despiste. Localizó unas raíces canosas, unas raíces que no podrían distinguirse camufladas entre algodón. También divisó una piel aterciopelada, brillante y ligeramente deteriorada por los años; la más pálida y tierna de todas. Y un detalle importante: un lunar inconfundible en la mejilla, que le enloqueció años atrás y que guardaba aún ese encanto. No estaba seguro de que aquella mujer pudiese ser la que él anhelaba que fuera, pero con una mirada fugaz y arriesgada cazó por un momento sus ojos grises y los dos quedaron atrapados en una contemplación infinita.

No podían creerlo, aún menos intercambiar una palabra. Repasaron cada detalle, invadidos por un llanto confundido entre la pena y la alegría. Leonardo hizo su último esfuerzo agarrando con ímpetu las pequeñas manos de Marisa y ella oprimió sus dedos todo lo que pudo.

Sus cuerpos se fueron resbalando, acomodándose el uno al otro. Fueron tomando la misma temperatura y hasta los dos tomaron el mismo aroma, suscitado por la hierba y las matas perfumadas que enmarcaban la escena. El tiempo hizo que sus nombres quedasen tallados en aquel banco, que cada día reúne unas canas y unos bastones distintos, que cada tarde prepara una cita a ciegas.