Julia al óleo

"Luces de estación". Foto de Gabriel García.

“Luces de estación”. Foto de Gabriel García.

Una ráfaga de viento la tambaleó intensamente, como un latigazo inadvertido y brusco. Y el aire: oxígeno, hojas secas y otras partículas misteriosas, se adentraron en su lagrimal cansado. Julia sólo cerró el párpado izquierdo, vigilando con el ojo derecho los paneles de la estación. Tuerta por el otoño y desorientada por la oscuridad y las luces ámbar, soltó los viejos lienzos y la caja de óleos sobre un banco de cemento. Tal fue su mala suerte que la gravedad hizo que su anciano estuche cayera y sus botes multicolores se abriesen como si se descorcharan botellas de champán.

Alguien se acercó y la ayudó a recogerlos, uno por uno, tapándolos con una delicadeza que por momentos combinaba bien con la excitación. Y sus manos se mancharon y se volvieron tapices. No hicieron falta pinceles para crear aquella obra ni caballete para sostenerla. De pronto sus dedos tenían trazos y singulares manchas de color. Allí podía respirarse un aroma fuerte que despertaba los pulmones, un olor a pintura cruda, a crementina, que envolvía la estación.

Julia sabía que no era mucho el tiempo que le quedaba para guardarlo todo en su antigua caja de cueros remendados. El autobús no tardaría en salir y el panel deslumbraba las pupilas que se volvían de un naranja brillante. Posó su mirada en la de aquel individuo revestido de aceites y colores y se prometió no olvidarlo jamás. Acarició con su índice aquella espesa ceja y con una gota la cubrió de azul. Deseó que ese trazo se quedara para siempre en su frente y que cada vez que él se mirara al espejo recordara su fuerte esencia, que jamás borrara de la memoria aquel encuentro brujo.

Una nueva ráfaga secó rápidamente los tintes de los brazos y las manos, y los dos tomaron su camino, cargados de equipaje y tatuajes descascarillados. Julia, acomodada ya en un asiento del autobús, se quedó dormida. Él quiso limpiar su sudor con la muñeca y se encontró con una línea azul en ella. Inhaló tan fuertemente aquel bálsamo que hasta le dolió el pecho. Miró a su alrededor y no halló sino oscuridad, casi le atemorizaba tantear el espacio. Perdido en aquella estación necesitó encontrar a Julia y acariciar sus manos al óleo, repasarlas con sus dedos y perfilarlas a besos. Así que observó sus pies calados de rojos, verdes y azules. Y también vio cómo las huellas de sus zapatos dibujaban largos caminos. Las rastreó, las persiguió como un perro hambriento: unas pisadas llevaban a otras y así hasta reencontrarse con el mismo punto de partida. Violetas, amarillos y grises lo equivocaban y jugaban a despistarlo. La ansiedad entremezclada con la brisa cortante hacía de aquella búsqueda casi una tortura. Cuando llegó al banco de cemento, allí ya no había nadie. Solo algunas motas y pinceladas de cualquier color daban vida a aquel lugar marchito. Fue entonces cuando mojó su índice en saliva y tomó color azul. Con él volvió a retocar su ceja. Y así todas las noches, para no olvidar jamás la existencia de Julia, a la que quiso volver a pintar y repasar cada madrugada.