El ascensor

Ella no se sentía la única ni la primera. Tampoco se sentía la mejor. Ni siquiera se consideraba importante en demasiadas ocasiones. La sensación que experimentaba resultaba algo confusa al amanecer, demasiado excitante al caer el sol.

La madrugada gateaba hasta su calle y le desabrochaba los botones.  Y cuando llegaba al portal él la subía en un ascensor para al día siguiente bajarla en una frase.

Ellos, cada planta un beso, cada beso una pausa en el tiempo. Ella  entraba descalza, con los zapatos en la mano y un cigarrillo prisionero entre sus labios. Él odiaba el olor a tabaco y escapaba por el balcón. Luego, distantes y con los pies fríos, miraban desde el muro las luces de la ciudad. A veces sonaba alguna canción, probablemente nada acorde con el contexto. Lo cierto es que todo parecía sublime.

Y ahora que el cigarrillo se había consumido sólo quedaba mirarse a los ojos, si es que no se había consumido la vista también. Y palpar el colchón para enamorarse durante unas horas y poder dormir tranquilos. No siempre era cómodo compartir sábanas, siempre había algún hombro que pasaba frío o que no terminaba de acomodarse del todo. Muchas veces las espaldas se abrazaban con objeto de no dar la cara y las pesadillas se mezclaban con la esencia de la embriaguez. A ella le costaba encontrar el sueño y a él encontrar la razón. Pero finalmente, después del éxtasis llegaba el bostezo del dormir que se confundía con el del despertar, como si de un alfa se tratara.

La primera sonrisa de la mañana merecía la pena, la primera pena de la mañana. Él mantenía los ojos cerrados, ella no quería abrirlos. Ella se decidía a recoger uno por uno sus botones y zurcir su vestido. Él retorcía las mantas y la enredaba entre cojines e historias. Ella pensaba dónde habría dejado sus zapatos y su mechero. Él cantaba sus canciones. Ella escuchaba, callaba y sonreía. Él decía cosas absurdas sin detener la mirada. Ella fijaba sus ojos en él sin darse cuenta y por instantes la conciencia hacía que los apartara con miedo.

Él se escondía bajo la almohada. Ella se levantaba despacio y se asomaba para sentir ese primer rayo de sol. Él se mantenía inmóvil. Ella se lavaba la cara con agua fría y se recogía el pelo; mientras lo hacía esperaba irse y quedarse. Él en la cama, desnudo por fuera y vestido por dentro.

Ella cogió su bolso sin despedirse e hizo crujir la puerta. Él en silencio esperó escuchar cómo el pomo volvía a su sitio. Ella cerró y se quedó frente a frente con la mirilla… Ella, ansiando sufridamente que aquel ascensor no viniera a buscarla, que no la retornara de nuevo a ese portal oscuro donde la única compañía era su clon en el espejo. Ella golpeando las paredes y presionando los botones con anhelo de quedarse recluida en aquel lugar. Ella, cada planta una lágrima, cada lágrima un latido ahogado.

Ella no se sentía la única ni la primera. Tampoco se sentía la mejor. Ni siquiera se consideraba importante en demasiadas ocasiones. Ella, se sentía ella.

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