Juego de dedos

El sigilo se iba transformando lentamente en susurros de almohada y tez. No me costó despertar porque era agradable hacerlo entre finos hilos de luz y juego de dedos sin ambición. El índice buscaba a su alter ego y el meñique acariciar el pulgar. Cuello con cuello, mano con mano iba despidiendo el sueño. Temblaban los cuerpos, aguantando una carcajada de buenos días que se escondía entre timidez y cuidado. Era tan simple como dar un giro entre las sábanas y abrir los ojos, pero era preferible alargar los instantes del entresueño.

Mentiría si no dijera que era un acto cobarde lo que estaba cometiendo. Pero era tan feliz en aquel lecho conocido, pero tan impresionante como la primera vez, que intentaba estirar la noche a la madrugada y la madrugada a la oscuridad de nuevo. Parar el segundero, quemar los calendarios, incluso desarmar el mundo. Él era el único que contaminaba aquella ilusión y me hacía perder los papeles y las palabras. Por eso me fui muriendo, dejándome dormir, abandonando el juego de dedos y las ganas de carcajadas. Renuncié a temblar, a sentir timidez y a reinventar amaneceres. Todo con tal de no abandonar ese colchón.