Mendiga

Fotografía de Javier Martín

Necesito desordenar mi casa para saber que habita alguien en ella. Y comportarme como una histérica, enfadarme con el espejo para sentir algo, confirmarme que sigo viva. Acariciarme durante horas para llegar a imaginar un triste escalofrío, cambiar de perfume para creer que la esencia de mis sábanas pertenece a un “nosotros” y no a un solo “yo”. Porque cada día es como una botella sin mensaje y sin vino, a la que me amarro por necesidad, a la que confieso mi destino sin importancia.  Y mataría mi tristeza con ira y sin disimulos, mataría a la que mancha cada momento con un dolor que no tiene sangre; que no conoce lo físico pero que quema más que ayer, que no conoce el hambre ni el frío, ni la frustración del no saber. Porque era más feliz viendo todo desde el escaparate, que ahora viviendo con sonrisas amordazadas y abrazos incompletos… echando de menos un lugar que no conozco y perdiendo el tiempo sin saber lo que es un reloj…

Hoy no sé si me he vuelto masoquista para poder coger un bolígrafo o es que realmente, quiero levantarme siendo otra que no soy yo, en otra ciudad distinta a la mía pero mendigando lo mismo de siempre.

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