Psicópata de letras

Fustigando mi alma entendí que los latigazos que recibía surgían de mi subconsciente y que, de alguna manera, me los merecía. Incapaz de cortar un hilo que terminaría por quebrarse solo y aterrorizada por un cuento, por no querer elegir un final, escribir una última página y reflexionar una moraleja.

Me encuentro tejiendo noches en vela, vacías de calor y con las pupilas clavadas en el techo húmedo. Una bombilla desnuda me hace parpadear sólo cuando creo que el segundero marca de nuevo cincuenta y nueve; una colcha agujerada me traspasa el frío a los huesos y de los huesos al  alma. Un bolígrafo sin tinta, una memoria estropeada, un espejo roto y asustado, una caja de cerillas gastada.

Déjame empaparte de gasolina, amordazarte y amarrarte a una silla tapizada de ortigas y rosales. Arrastrarte mientras gimes y besarte con pimienta. Déjame gritarte al oído la canción que más odias y leerte los versos que te hicieron llorar aquel día gris. Déjame ahorcarte con cadenas gruesas y heladas y encerrarte dentro de una despensa vacía; deshidratarte poco a poco como a una flor marchita colgada boca abajo, hasta que pierdas el aroma. Déjame pisarte cuando andes sin calzado y tirar de tu pelo desde la raíz, emborracharte hasta que pierdas la noción de tiempo y espacio, de vida y de muerte.

Soledad, muérete. Déjame estar sin ti, déjame sola para poder encontrar compañía.

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