Psicópata de letras

Fustigando mi alma entendí que los latigazos que recibía surgían de mi subconsciente y que, de alguna manera, me los merecía. Incapaz de cortar un hilo que terminaría por quebrarse solo y aterrorizada por un cuento, por no querer elegir un final, escribir una última página y reflexionar una moraleja.

Me encuentro tejiendo noches en vela, vacías de calor y con las pupilas clavadas en el techo húmedo. Una bombilla desnuda me hace parpadear sólo cuando creo que el segundero marca de nuevo cincuenta y nueve; una colcha agujerada me traspasa el frío a los huesos y de los huesos al  alma. Un bolígrafo sin tinta, una memoria estropeada, un espejo roto y asustado, una caja de cerillas gastada.

Déjame empaparte de gasolina, amordazarte y amarrarte a una silla tapizada de ortigas y rosales. Arrastrarte mientras gimes y besarte con pimienta. Déjame gritarte al oído la canción que más odias y leerte los versos que te hicieron llorar aquel día gris. Déjame ahorcarte con cadenas gruesas y heladas y encerrarte dentro de una despensa vacía; deshidratarte poco a poco como a una flor marchita colgada boca abajo, hasta que pierdas el aroma. Déjame pisarte cuando andes sin calzado y tirar de tu pelo desde la raíz, emborracharte hasta que pierdas la noción de tiempo y espacio, de vida y de muerte.

Soledad, muérete. Déjame estar sin ti, déjame sola para poder encontrar compañía.

Gracias

Gracias por las madrugadas inspiradas, por los pensamientos ocultos, por saber callarlos y expresarlos a la vez. Por tu sonrisa abstracta y por las horas dedicadas a saber quién soy y qué es lo que siento. Por tu mano,  a pesar de que los dedos puedan estar llenos de anillos incómodos.

Gracias por romperme las rutinas, por aclararme algunas ideas y también por crear otros nudos complejos en mi cabeza; por entrar en mi pensamiento y salir rápido para no cansarme. Gracias por los cafés que no nos tomamos y los paseos que no dimos. Por tus puntos suspensivos… por tus frases incompletas. Por dejarme que yo pusiera el ritmo y los finales.

Gracias por no darme tiempo a morderme las uñas, no darme tiempo a pensar demasiado. Es como si me salpicase agua salada cada instante, como si la brisa siempre diese de frente.

Gracias por consentirle unos granos de azúcar a una diabética en cuestión de sentimientos.

Hasta quedarme ciega

Te observaría hasta que no haya vista. Hasta quedarme ciega. Busco siempre un segundo sentido a tus palabras, un tercer porqué a tus gestos. Puedo acostarme con una sonrisa y levantarme con una lágrima, puedo hacerlo al revés también. Me he vuelto dependiente de tus señales y hasta me siento manipulada por tus ojos.

He agotado el sueño, he perdido el gusto  y mi tranquilidad se ha convertido en inquietud por buscarte en todos los lugares. He memorizado tus números, tus letras, tu identidad en mi alma… Todo en ti se ha vuelto un tatuaje en mi piel. Y qué contarle al espejo, que se ríe cada fría mañana de la estúpida imagen que le reflejo; y qué decirle a mi puerta si sabe que cada vez que introduzco la llave en ella estoy sola…

Yo, la esencia de la inconexión, la figura del albedrío, la hija de nadie… quién me iba a decir que iba a estar impaciente por una caricia que antes de sentir, ya echaba de menos…