Monólogo de la indiferencia

Si no me das tiempo, no puedo. No puedo hacer lo que hacen otros en años. Necesito una garantía de que vas a estar ahí, ni siquiera pretendo que te esfuerces. La que pondrá todo el empeño seré yo… que soy la que me he puesto la meta. Qué tontería suplicarte que me conozcas, ¿no? Si deberían ser mutuas las ganas, mutuo el acercamiento… A veces pienso que tengo los ojos vendados y los oídos sordos, a veces pienso que son tus ojos y tus oídos los que prefieren estar ausentes.

Y qué decir de tu sonrisa… surge y de repente la borras por obligación. Maldito orgullo, como si sentir fuese extraño para ti, como si tuvieras miedo a emocionarte. Dime qué piensas cuando canto en la ducha, dime qué piensas cuando se me derrama el café sobre las piernas o cuando me miro al espejo frunciendo mis cejas… Dime que significa para ti cuando encuentras mi mirada, cuando te beso los dedos o cuando susurro lo que quiero gritar.

El día que te entiendas, el día que aceptes que para que salga el sol tuvo que ser de noche antes, y que para tener hambre hay que dejar de comer… puedes llamarme. Seguramente no lo pueda coger, puede que esté lejos… intentando dejarme conocer.

 2010

Candela

Candela amaba las noches oscuras, donde solo pequeñas estrellas moteaban el telón negro para compensar la monotonía, donde la luna no estaba llena ni creciente, donde la vista dejaba de ser un sentido y creía estar ciega. También le apasionaba el contacto de su cuerpo desnudo con la arena, una arena suave, fina, limpia… que se acomodaba a su silueta y dejaba paso a sus curvas y volúmenes. Y ese olor a mar, a agua salada, fresca e insinuante, que invitaba a descalzarse y salpicar todos los poros de su piel. Aquel mar inmenso que se abría al desconocido océano, que traía y llevaba historias de barcos hundidos y sirenas, era el mar de Candela. Su gusto por el aroma a leña quemada, a hoguera de llamas altas que envolvían sueños y deseos, cenizas y fracasos. Disfrutaba derramando flores marchitas, avanzando a paso lento en contra de el viento con la intención de que su larga y espesa melena oscura tomase un nuevo peinado y, de que su piel morena y envejecida rejuveneciese con la caricia intensa de la brisa del mar. Y el silencio, como un regalo, era lo que más ansiaba Candela… calma total, como si el mundo entero se hubiese quedado afónico, como si no tuviese nada interesante que contar o entonar.

No echaba de menos la luz potente del mediodía, sólo anhelaba que las puestas de sol fueran eternas. Por eso, cerraba los ojos con ímpetu al llegar la madrugada, haciendo tropezar torpemente a los primeros rayos que rebotaban en sus párpados sin remedio.

Candela amaba la noche porque era como una anciana que contaba una historia y dejaba volar su imaginación sin límites, sin necesidad de un antifaz o de que sus manos recubriesen la realidad. Candela aborrecía el día porque por culpa de la luz del sol percibía toda la miseria y tristeza que le rodeaba. Tanto era así, que Candela nunca había conocido el mar, no vivía en una larga playa de suave arena y tampoco podía sentir en su cara la brisa. En el lugar donde habitaba no existían ni siquiera flores marchitas.

Aunque cerró los ojos ese día con más fuerza que nunca, los disparos y los bombardeos la descentraron, hicieron que perdiera su concentración una vez más; y lograron que sus incandescentes pupilas negras volviesen a fijarse en la misma escena, que su cabeza retornase al mundo real, donde todo era cemento, sangre y lo único que se asemejaba a su paraíso era el sabor a sal de sus lágrimas.

Correr el riesgo

Con la seguridad de que iba a ser correspondido decidió acercarse a su presa e insistir una y otra vez en sus labios hasta que éstos se rindieran a los suyos. Tras esta impertinencia le siguieron sus manos, que rodearon su cintura y luego su cadera, hasta pasar a otras curvas mas alejadas de aquel tronco tan exacto, como dibujado en el aire con exquisitez, con una simetría jamás vista. Y sus dedos pudieron también despistarse hacia su rostro, de una piel tersa y fría que poco a poco halló el equilibrio térmico que él le ofreció.

No se trataba de decir nada, por mucho que quisieran sus bocas estaban secas y el nudo en la garganta parecía estar hecho por un marín. Y si la vida regalaba ese segundo era porque hasta ella estaba arrepentida del pasado y se había obligado a separarse cerrando el candado orgulloso del terror, del miedo al error, al fracaso sospechado.