Niño de agua y sal

Sentía la calima en su rostro,  el tacto de la tierra y la sequía. Notaba la fluidez de las gotas sudorosas deslizándose por su frente y su cintura, gotas que no tenían tiempo de pisar el suelo, que se evaporaban al igual que sus deseos. Transformaba la arena con su caminar y hundía sus pies, que bailaban según se le antojaba a aquella masa y que ardían desde la punta hasta el talón. Primero un paso rápido y desesperado, luego otro con cansancio y asfixia. La cabeza, cubierta por un turbante de algodón cada vez más acartonado y más parecido al cuero.

Las puntas de una sábana colgaban de sus dedos índice y corazón, como si fuera una maleta, como si de verdad creyese que era un viaje con pasaje de ida y vuelta, como si estuviese seguro de que llegaría a algún puerto. Una manzana, más podrida que sana, una navaja oxidada y de mango áspero y una foto de sus hermanos a los que probablemente no volvería a ver, formaban su equipaje.

De piel color tizón y de pequeña estatura, el niño de sol y calima saltó para meterse en aquel monstruo de madera que parecía hundirse antes de zarpar. El material crujía alternando sonidos agudos y graves, pero siempre provocando la misma sensación de angustia e incertidumbre. Se sintió observado por muchos ojos y por eso pidió a sus párpados que descansasen… Entre gritos, unos tristes y otros esperanzadores, las olas comenzaron a balancearlo a él y a sus compañeros. Poco a poco fueron alejándose de la costa y respirando un aire más limpio de impurezas pero un oxígeno pesado que recargaba los pulmones de preocupación. En apenas las horas que dura un atardecer se vieron desamparados, a la deriva en aquel bote primitivo e inseguro que intentaba cruzar el Atlántico a base de intuición e ignorante de cualquier punto cardinal.

Tras un día de intenso calor, volvía a caer la noche y las piernas, que se entrecruzaban formando una trenza, empezaban a sentir calambres. El niño ya notaba como un aire frío y húmedo se le iba calando en los huesos y como la lengua y la garganta se le secaban. Allí nadie hablaba con nadie, el único sonido era el de las olas, que cada vez era más intenso y que en ocasiones se acompañaba de un rezo, el cual muchos no entendían. El niño comenzaba a discutir con su estómago que ya reclamaba su manzana. Deseaba sacarla y a la vez temía hacerlo; posiblemente fuera el único alimento que existiera en aquel desierto de agua. Entonces, esperó a que todos cayesen dormidos y como pudo enterró la mano hasta el fondo del cayuco. Sacó la fruta, la acarició, la miró a oscuras y eligió el lugar donde dar el primer mordisco. Mientras masticaba, saboreando aquel trozo como si fuera un manjar, el olfato de la mujer que dormía a su lado despertó. Ella no dudó, cogió impulso y se abalanzó sobre él.

El niño no podía ver nada, aquel cuerpo lo había sepultado entre otros de los que no se diferenciaba la vida de la muerte. Como pudo se defendió entre voces que irrumpían en sus oídos de forma feroz y golpes que recibía desde cualquier lugar. Ya, desorientado y sin manzana, esquivó algunos brazos y piernas y pudo incorporarse dándole la impresión de que pisaba una mano muda. Mientras levantaba su abatida mirada, un golpe seco le hizo perder el equilibrio y caer entre afiladas olas contra las que intentó luchar…

El niño se volvió de agua y sal, y también lo hicieron sus sueños arrastrados por la barca, la barca que una noche el mar se bebió. El niño de agua y sal se perdió entre la marea y nadie lo echó de menos. El niño de agua y sal no sabía nadar. El niño de agua y sal que, una noche cualquiera, se ahogó en la mar…

Julio de 2010

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