El banco de las citas a ciegas

Hoy se habían citado en el parque sus arrugas y sus bastones. Después de tantísimo tiempo, se volverían a encontrar sus voces quebradas por el paso de los años, llenas de cansancio y, a la vez, rebosantes de ansiedad por contarlo todo, de volver a pasear por todas esas fotografías que olían a guardado, a humedad. En aquel banco de madera recién barnizada y rodeado de arbustos silvestres y aromáticos surgió un encuentro jamás deseado, pues la intención nunca estuvo presente.

Marisa, sin querer, se miró en sus iris color azul mar, unos ojos húmedos como si acabase de llover sobre ellos y de una silueta rasgada, quizá por el tiempo o puede que por herencia. Fuera como fuese, parecían espejos. No estaba segura y echó un vistazo rápido a sus manos: se notaba que habían sido trabajadoras, aún así tenían buena presencia. Sin adornos. Eso sí, con un libro meciéndose entre ellas. “Tiene que ser él” se dijo a sí misma. “Cualquiera no lee Machado un lunes por la tarde colmado de nubes grises”, pensó con romanticismo. Echó otra visual disimulada para terminar de comprobar que era quien quería que fuese: casi sin pelo y con un abrigo que cubría gran parte de su cuerpo olvidando sus dedos, descansaba un “joven anciano” enamorado de los versos de un poeta.

Al otro lado del banco el señor también miraba de reojo con interrupciones cortas y hechas al despiste. Localizó unas raíces canosas, unas raíces que no podrían distinguirse camufladas entre algodón. También divisó una piel aterciopelada, brillante y ligeramente deteriorada por los años; la más pálida y tierna de todas. Y un detalle importante: un lunar inconfundible en la mejilla, que le enloqueció años atrás y que guardaba aún ese encanto. No estaba seguro de que aquella mujer pudiese ser la que él anhelaba que fuera, pero con una mirada fugaz y arriesgada cazó por un momento sus ojos grises y los dos quedaron atrapados en una contemplación infinita.

No podían creerlo, menos aún intercambiar unas palabras. Repasaron cada detalle, invadidos por un llanto confundido entre la pena y la alegría. Leonardo hizo su último esfuerzo agarrando con ímpetu las pequeñas manos de Marisa y ella oprimió sus dedos todo lo que pudo.

Sus cuerpos se fueron resbalando, acomodándose el uno al otro. Fueron tomando la misma temperatura y hasta los dos tomaron aromas similares, suscitados por las hierbas perfumadas que enmarcaban la escena. El tiempo hizo que sus nombres quedasen tallados en aquel banco, que cada día reúne unas canas y unos bastones distintos, que cada tarde prepara una cita a ciegas.

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