El banco de las citas a ciegas

Hoy se habían citado en el parque sus arrugas y sus bastones. Después de un largo viaje,
casi otra vida difusa en el tiempo, se volverían a encontrar sus voces quebradas por el paso de los años, llenas de cansancio y a la vez, rebosantes de ansiedad por contarlo todo. Ganas de volver a pasear por todas esas fotografías que olían a guardado, a humedad. En aquel banco de madera recién barnizada y rodeado de arbustos silvestres y aromáticos surgió un encuentro jamás deseado, pues la intención nunca estuvo presente.

A paso lento, con respiración profunda y espaciada, fueron llegando. Primero uno, luego el otro. La edad les permitió compartir el mismo asiento sin sentir recelo, sin una pizca de desconfianza. Sabían que las personas de hoy en día buscaban distancia, independencia, pero acumular décadas significaba preferir una buena conversación o simplemente, la sensación agradable de la compañía aunque esta fuera desconocida. Apoyaron sus espaldas sobre las tablas. Qué complicado era no sentarse sin al menos hacer vibrar al de al lado, jamás hubiese sido a propósito pero los cuerpos ya no funcionaban al ritmo de la mente, las órdenes llegaban con algo de retraso. Eso sí, los sentidos parecían recién estrenados.

Marisa dejó descansar sus extremidades abuelas sobre el bolso negro que reposaba en sus muslos. Recuperó el aire atrasado y al girar su cuello se tropezó con aquellos iris color océano, unos ojos húmedos como si acabase de llover sobre ellos y de silueta rasgada, quizá por el tiempo o puede que por herencia. Fuera como fuese, parecían espejos. Echó un vistazo rápido a sus manos. Se notaba que habían sido trabajadoras, aun así tenían buena presencia. Sin adornos. Eso sí, con un libro meciéndose entre ellas. Tiene que ser él, se dijo a sí misma. Cualquiera no lee Machado un lunes por la tarde colmado de nubes grises, pensó con romanticismo. Otra mirada disimulada bastó para comprobar que era quien quería que fuese. Aunque ya apenas tenía pelo, Marisa esbozó un retrato mental y recordó el flequillo que le colgaba de la frente por aquel entonces, que él peinaba y repeinaba con sus dedos cada vez que sonreía. Un abrigo de pana le cubría desde el cuello hasta las rodillas, dejando libres sus dedos. Allí Marisa contempló cómo descansaba un joven anciano enamorado de los versos de un poeta.

Desde el otro extremo del banco Leonardo también miraba de reojo, con interrupciones cortas y hechas al despiste. Comenzó localizando unas raíces canosas, unas raíces imposibles de distinguir camufladas entre algodón. También divisó una piel blanca y aterciopelada, brillante, de esas que durante la juventud habían huido del sol. Estaba ligeramente estropeada por los años. Algunas manchas salpicadas en la frente y los pómulos y una arruga en el entrecejo que marcaba el carácter que le había transferido la experiencia. Otro detalle importante presidía el rostro, un lunar inconfundible en la mejilla que le enloqueció años atrás y que guardaba aún ese encanto. No estaba seguro de que aquella mujer fuese la que él anhelaba, pero con una mirada fugaz y arriesgada cazó por un momento sus ojos grises y los dos quedaron atrapados en una contemplación infinita.

No podían creerlo, menos aún intercambiar unas palabras. La saliva poco podía hacer en aquellas gargantas desérticas que tragaban tormentas de arena. Repasaron cada detalle, invadidos por un llanto confundido entre la pena y la alegría. Traer de vuelta los recuerdos era como abrir un libro y encontrar flores secas entre sus páginas, marchitas, pero con la esencia de un pasado feliz y cercano. Leonardo hizo un último esfuerzo para agarrar con ímpetu las pequeñas manos de Marisa. Ella oprimió sus dedos todo lo que pudo, que se escurrían entre el sudor y las lágrimas.

Sus cuerpos se fueron resbalando entre las maderas, acomodándose el uno al otro. Fueron adquiriendo la misma temperatura y hasta los dos tomaron aromas similares, suscitados por las hierbas perfumadas que enmarcaban la escena. El tiempo hizo que sus nombres quedasen tallados en aquel banco, como si una navaja lo atravesara hasta reavivar la savia que habitó una vez en él. El tiempo, ese que casi lo cura todo, permitió que aquel banco fuera el celestino. Aquel banco que cada día reúne unas canas y unos bastones distintos, aquel banco que cada tarde prepara una cita a ciegas.

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