Estatuas románticas

El silencio de los años se vuelve arduo y venenoso. Va agotando las fuerzas y fatigado, va apretando las entrañas hasta matar el aliento. Va consumiendo; el silencio es droga. Va vaciando; es un globo desinflado por el tiempo. El silencio de los años es un puñal, una navaja clavada en las alas y en los besos.

"Sintonizando rutas"

“Sintonizando la ruta”. Foto de Gabriel García.

Por eso sonaba la radio esa noche. Por eso en aquel automóvil solo silbaban los vientos que entraban a través de las ventanillas traseras y solo vibraban los semblantes al ritmo de las curvas. Respiraban hielo y se mordían las lenguas. Pero no por querer decir sin poder, sino por sentir que no quedaba nada que supieran decirse. Las ramas de los álamos rozaban la carrocería de forma intermitente y brusca. A veces aquel ruido feroz les impresionaba, casi lograba despertarlos.

Mía pisaba los pedales con suavidad, posaba sus ojos negros en las líneas que marcaban el destino y se adentraba en los caminos, atravesando los paisajes de una forma flemática y distante. Leo, sin embargo, dejaba sus retinas libres con la condición de no mirarla a ella, de no interrumpir un viaje melancólico. Se frotaba las manos y estas le sudaban, trababa los dedos unos con otros mientras fingía admirar la lluvia nocturna. Sus labios presionados fuertemente se teñían de morado. La boca de Mía también oprimía sus dientes de una forma atroz, como si devorara palabras y las tragara una a una con miedo a asfixiarse.

Nadie se había dado cuenta de que la radio ya no sonaba; de que las voces, las armonías y las historias ajenas se habían ido diluyendo durante el trayecto, sin que ellos pudieran haber reparado en el detalle.

Leo acercó sus manos húmedas y presionó varias veces uno de los botones hasta sintonizar una emisora que parecía escucharse. Una frágil melodía, una canción: un tropiezo, un café, una sonrisa, una caricia, un latido. Una llamada, un encuentro, una cama, una manta. Velas, flores, ventanas abiertas, amaneceres, olor a mermelada, paseos, ropa esparcida por el suelo, pies descalzos, abrazos desgarrados, medias lunas, bombillas delicadas y fundidas, techos blancos, películas a medias…

Un frenazo en seco. Media vuelta. Había que recogerlo todo, recuperar aquello que se había ido cayendo por el camino.

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Julia al óleo

"Luces de estación". Foto de Gabriel García.

“Luces de estación”. Foto de Gabriel García.

Una ráfaga de viento la tambaleó intensamente, como un latigazo inadvertido y brusco. Y el aire: oxígeno, hojas secas y otras partículas misteriosas, se adentraron en su lagrimal cansado. Julia sólo cerró el párpado izquierdo, vigilando con el ojo derecho los paneles de la estación. Tuerta por el otoño y desorientada por la oscuridad y las luces ámbar, soltó los viejos lienzos y la caja de óleos sobre un banco de cemento. Tal fue su mala suerte que la gravedad hizo que su anciano estuche cayera y sus botes multicolores se abriesen como si se descorcharan botellas de champán.

Alguien se acercó y la ayudó a recogerlos, uno por uno, tapándolos con una delicadeza que por momentos combinaba bien con la excitación. Y sus manos se mancharon y se volvieron tapices. No hicieron falta pinceles para crear aquella obra ni caballete para sostenerla. De pronto sus dedos tenían trazos y singulares manchas de color. Allí podía respirarse un aroma fuerte que despertaba los pulmones, un olor a pintura cruda, a crementina, que envolvía la estación.

Julia sabía que no era mucho el tiempo que le quedaba para guardarlo todo en su antigua caja de cueros remendados. El autobús no tardaría en salir y el panel deslumbraba las pupilas que se volvían de un naranja brillante. Posó su mirada en la de aquel individuo revestido de aceites y colores y se prometió no olvidarlo jamás. Acarició con su índice aquella espesa ceja y con una gota la cubrió de azul. Deseó que ese trazo se quedara para siempre en su frente y que cada vez que él se mirara al espejo recordara su fuerte esencia, que jamás borrara de la memoria aquel encuentro brujo.

Una nueva ráfaga secó rápidamente los tintes de los brazos y las manos, y los dos tomaron su camino, cargados de equipaje y tatuajes descascarillados. Julia, acomodada ya en un asiento del autobús, se quedó dormida. Él quiso limpiar su sudor con la muñeca y se encontró con una línea azul en ella. Inhaló tan fuertemente aquel bálsamo que hasta le dolió el pecho. Miró a su alrededor y no halló sino oscuridad, casi le atemorizaba tantear el espacio. Perdido en aquella estación necesitó encontrar a Julia y acariciar sus manos al óleo, repasarlas con sus dedos y perfilarlas a besos. Así que observó sus pies calados de rojos, verdes y azules. Y también vio cómo las huellas de sus zapatos dibujaban largos caminos. Las rastreó, las persiguió como un perro hambriento: unas pisadas llevaban a otras y así hasta reencontrarse con el mismo punto de partida. Violetas, amarillos y grises lo equivocaban y jugaban a despistarlo. La ansiedad entremezclada con la brisa cortante hacía de aquella búsqueda casi una tortura. Cuando llegó al banco de cemento, allí ya no había nadie. Solo algunas motas y pinceladas de cualquier color daban vida a aquel lugar marchito. Fue entonces cuando mojó su índice en saliva y tomó color azul. Con él volvió a retocar su ceja. Y así todas las noches, para no olvidar jamás la existencia de Julia, a la que quiso volver a pintar y repasar cada madrugada.

El ascensor

Ella no se sentía la única ni la primera. Tampoco se sentía la mejor. Ni siquiera se consideraba importante en demasiadas ocasiones. La sensación que experimentaba resultaba algo confusa al amanecer, demasiado excitante al caer el sol.

La madrugada gateaba hasta su calle y le desabrochaba los botones.  Y cuando llegaba al portal él la subía en un ascensor para al día siguiente bajarla en una frase.

Ellos, cada planta un beso, cada beso una pausa en el tiempo. Ella  entraba descalza, con los zapatos en la mano y un cigarrillo prisionero entre sus labios. Él odiaba el olor a tabaco y escapaba por el balcón. Luego, distantes y con los pies fríos, miraban desde el muro las luces de la ciudad. A veces sonaba alguna canción, probablemente nada acorde con el contexto. Lo cierto es que todo parecía sublime.

Y ahora que el cigarrillo se había consumido sólo quedaba mirarse a los ojos, si es que no se había consumido la vista también. Y palpar el colchón para enamorarse durante unas horas y poder dormir tranquilos. No siempre era cómodo compartir sábanas, siempre había algún hombro que pasaba frío o que no terminaba de acomodarse del todo. Muchas veces las espaldas se abrazaban con objeto de no dar la cara y las pesadillas se mezclaban con la esencia de la embriaguez. A ella le costaba encontrar el sueño y a él encontrar la razón. Pero finalmente, después del éxtasis llegaba el bostezo del dormir que se confundía con el del despertar, como si de un alfa se tratara.

La primera sonrisa de la mañana merecía la pena, la primera pena de la mañana. Él mantenía los ojos cerrados, ella no quería abrirlos. Ella se decidía a recoger uno por uno sus botones y zurcir su vestido. Él retorcía las mantas y la enredaba entre cojines e historias. Ella pensaba dónde habría dejado sus zapatos y su mechero. Él cantaba sus canciones. Ella escuchaba, callaba y sonreía. Él decía cosas absurdas sin detener la mirada. Ella fijaba sus ojos en él sin darse cuenta y por instantes la conciencia hacía que los apartara con miedo.

Él se escondía bajo la almohada. Ella se levantaba despacio y se asomaba para sentir ese primer rayo de sol. Él se mantenía inmóvil. Ella se lavaba la cara con agua fría y se recogía el pelo; mientras lo hacía esperaba irse y quedarse. Él en la cama, desnudo por fuera y vestido por dentro.

Ella cogió su bolso sin despedirse e hizo crujir la puerta. Él en silencio esperó escuchar cómo el pomo volvía a su sitio. Ella cerró y se quedó frente a frente con la mirilla… Ella, ansiando sufridamente que aquel ascensor no viniera a buscarla, que no la retornara de nuevo a ese portal oscuro donde la única compañía era su clon en el espejo. Ella golpeando las paredes y presionando los botones con anhelo de quedarse recluida en aquel lugar. Ella, cada planta una lágrima, cada lágrima un latido ahogado.

Ella no se sentía la única ni la primera. Tampoco se sentía la mejor. Ni siquiera se consideraba importante en demasiadas ocasiones. Ella, se sentía ella.

Juego de dedos

El sigilo se iba transformando lentamente en susurros de almohada y tez. No me costó despertar porque era agradable hacerlo entre finos hilos de luz y juego de dedos sin ambición. El índice buscaba a su alter ego y el meñique acariciar el pulgar. Cuello con cuello, mano con mano iba despidiendo el sueño. Temblaban los cuerpos, aguantando una carcajada de buenos días que se escondía entre timidez y cuidado. Era tan simple como dar un giro entre las sábanas y abrir los ojos, pero era preferible alargar los instantes del entresueño.

Mentiría si no dijera que era un acto cobarde lo que estaba cometiendo. Pero era tan feliz en aquel lecho conocido, pero tan impresionante como la primera vez, que intentaba estirar la noche a la madrugada y la madrugada a la oscuridad de nuevo. Parar el segundero, quemar los calendarios, incluso desarmar el mundo. Él era el único que contaminaba aquella ilusión y me hacía perder los papeles y las palabras. Por eso me fui muriendo, dejándome dormir, abandonando el juego de dedos y las ganas de carcajadas. Renuncié a temblar, a sentir timidez y a reinventar amaneceres. Todo con tal de no abandonar ese colchón.

Pestañear ligeramente

Quise explorar tus ojos verdes de manera disimulada pero absoluta. Cambiarlos por los míos y entender tu mundo. Pestañear ligeramente.  Dormir con ellos para sentir la pesadez de sus párpados. Examinar la pupila, hacerla grande a oscuras y diminuta con la luz. Quise probar tus lagrimales y probar el sabor de tus lamentos. Saber cuánto tarda tu iris en cambiar de color al sol y percibir las arrugas de tu piel cuando lanzas una carcajada. Quise amarte también de tus ojos hacia fuera porque lo más amado ya estaba dentro…

Mañanas lóbregas y ahogadas en alcohol. Sábanas que van desmaquillando mi cara, mi alma y mi vida. He preferido desenroscar la bombilla por miedo a enfrentarme a un nuevo día, lleno de remordimientos y de odios viejos que descascarillan mi fachada; una fachada que me ha costado levantar y que cada mañana barnizo antes de salir. Pero hoy de nada me sirve la dureza y la preocupación por parecer fría y perfecta. He querido tantas veces ser piedra, que la gravedad se ha vuelto contra mí haciéndome caer en picado. Por negarme a sentir, por mediar en el destino, por arbitrar cada sonrisa y palabra.

Me levanto sin remedio, me ducho entre llantos y me limito a sonreír a quien me lo exige con la mirada. Hago una maleta donde caben más penas que camisas y cojo un avión. Y aquí, recostada incómoda en una butaca, rodeada de tanta gente diferente con vidas infinitamente distantes yo sólo anhelo explorar tus ojos verdes de manera disimulada pero absoluta. Cambiarlos por los míos y entender tu mundo. Pestañear ligeramente… y arrancarme las pupilas si no puedes estar tú.

Mendiga

Fotografía de Javier Martín

Necesito desordenar mi casa para saber que habita alguien en ella. Y comportarme como una histérica, enfadarme con el espejo para sentir algo, confirmarme que sigo viva. Acariciarme durante horas para llegar a imaginar un triste escalofrío, cambiar de perfume para creer que la esencia de mis sábanas pertenece a un “nosotros” y no a un solo “yo”. Porque cada día es como una botella sin mensaje y sin vino, a la que me amarro por necesidad, a la que confieso mi destino sin importancia.  Y mataría mi tristeza con ira y sin disimulos, mataría a la que mancha cada momento con un dolor que no tiene sangre; que no conoce lo físico pero que quema más que ayer, que no conoce el hambre ni el frío, ni la frustración del no saber. Porque era más feliz viendo todo desde el escaparate, que ahora viviendo con sonrisas amordazadas y abrazos incompletos… echando de menos un lugar que no conozco y perdiendo el tiempo sin saber lo que es un reloj…

Hoy no sé si me he vuelto masoquista para poder coger un bolígrafo o es que realmente, quiero levantarme siendo otra que no soy yo, en otra ciudad distinta a la mía pero mendigando lo mismo de siempre.

Psicópata de letras

Fustigando mi alma entendí que los latigazos que recibía surgían de mi subconsciente y que, de alguna manera, me los merecía. Incapaz de cortar un hilo que terminaría por quebrarse solo y aterrorizada por un cuento, por no querer elegir un final, escribir una última página y reflexionar una moraleja.

Me encuentro tejiendo noches en vela, vacías de calor y con las pupilas clavadas en el techo húmedo. Una bombilla desnuda me hace parpadear sólo cuando creo que el segundero marca de nuevo cincuenta y nueve; una colcha agujerada me traspasa el frío a los huesos y de los huesos al  alma. Un bolígrafo sin tinta, una memoria estropeada, un espejo roto y asustado, una caja de cerillas gastada.

Déjame empaparte de gasolina, amordazarte y amarrarte a una silla tapizada de ortigas y rosales. Arrastrarte mientras gimes y besarte con pimienta. Déjame gritarte al oído la canción que más odias y leerte los versos que te hicieron llorar aquel día gris. Déjame ahorcarte con cadenas gruesas y heladas y encerrarte dentro de una despensa vacía; deshidratarte poco a poco como a una flor marchita colgada boca abajo, hasta que pierdas el aroma. Déjame pisarte cuando andes sin calzado y tirar de tu pelo desde la raíz, emborracharte hasta que pierdas la noción de tiempo y espacio, de vida y de muerte.

Soledad, muérete. Déjame estar sin ti, déjame sola para poder encontrar compañía.

Gracias

Gracias por las madrugadas inspiradas, por los pensamientos ocultos, por saber callarlos y expresarlos a la vez. Por tu sonrisa abstracta y por las horas dedicadas a saber quién soy y qué es lo que siento. Por tu mano,  a pesar de que los dedos puedan estar llenos de anillos incómodos.

Gracias por romperme las rutinas, por aclararme algunas ideas y también por crear otros nudos complejos en mi cabeza; por entrar en mi pensamiento y salir rápido para no cansarme. Gracias por los cafés que no nos tomamos y los paseos que no dimos. Por tus puntos suspensivos… por tus frases incompletas. Por dejarme que yo pusiera el ritmo y los finales.

Gracias por no darme tiempo a morderme las uñas, no darme tiempo a pensar demasiado. Es como si me salpicase agua salada cada instante, como si la brisa siempre diese de frente.

Gracias por consentirle unos granos de azúcar a una diabética en cuestión de sentimientos.

Hasta quedarme ciega

Te observaría hasta que no haya vista. Hasta quedarme ciega. Busco siempre un segundo sentido a tus palabras, un tercer porqué a tus gestos. Puedo acostarme con una sonrisa y levantarme con una lágrima, puedo hacerlo al revés también. Me he vuelto dependiente de tus señales y hasta me siento manipulada por tus ojos.

He agotado el sueño, he perdido el gusto  y mi tranquilidad se ha convertido en inquietud por buscarte en todos los lugares. He memorizado tus números, tus letras, tu identidad en mi alma… Todo en ti se ha vuelto un tatuaje en mi piel. Y qué contarle al espejo, que se ríe cada fría mañana de la estúpida imagen que le reflejo; y qué decirle a mi puerta si sabe que cada vez que introduzco la llave en ella estoy sola…

Yo, la esencia de la inconexión, la figura del albedrío, la hija de nadie… quién me iba a decir que iba a estar impaciente por una caricia que antes de sentir, ya echaba de menos…

Monólogo de la indiferencia

Si no me das tiempo, no puedo. No puedo hacer lo que hacen otros en años. Necesito una garantía de que vas a estar ahí, ni siquiera pretendo que te esfuerces. La que pondrá todo el empeño seré yo… que soy la que me he puesto la meta. Qué tontería suplicarte que me conozcas, ¿no? Si deberían ser mutuas las ganas, mutuo el acercamiento… A veces pienso que tengo los ojos vendados y los oídos sordos, a veces pienso que son tus ojos y tus oídos los que prefieren estar ausentes.

Y qué decir de tu sonrisa… surge y de repente la borras por obligación. Maldito orgullo, como si sentir fuese extraño para ti, como si tuvieras miedo a emocionarte. Dime qué piensas cuando canto en la ducha, dime qué piensas cuando se me derrama el café sobre las piernas o cuando me miro al espejo frunciendo mis cejas… Dime que significa para ti cuando encuentras mi mirada, cuando te beso los dedos o cuando susurro lo que quiero gritar.

El día que te entiendas, el día que aceptes que para que salga el sol tuvo que ser de noche antes, y que para tener hambre hay que dejar de comer… puedes llamarme. Seguramente no lo pueda coger, puede que esté lejos… intentando dejarme conocer.

 2010